Quienes dedican sus desvelos, afanes, trabajo y procuran la palabra como medio de expresar su arte desde los inicios de su vocación, como es el caso de Otto-Raúl González, con el paso de los años confirman que, como la infancia, el primer libro es destino. La preocupación por el contexto de los hombres, el asombro por las cosas pequeñas, la capacidad de inventar policromías, la palabra encendida en la cresta del mundo, todo, con la visión del poeta para explicarse el ser y el estar, son abrevaderos, manantiales sonoros en los que podemos recrear la imaginación, la conciencia. Los libros que el poeta ha entregado al mundo, los mundos que ha agregado al universo recrean, fortalecen el espíritu.