
Foto: Nobuyo Yagui |
Amparo
es mi nombre
y una palabra extraña,
que no conocen los niños,
que no conocen los pobres.
Alvarez del Toro
El
8 de febrero de hace 10 años, se fue de esta
vida, una singular artista, Amparo Ochoa. Había
nacido en Culiacán, Sinaloa, el 29 de septiembre
de 1946. Pero Amparito, nuestra querida Amparito,
quién desde muy pequeña, había
despertado su amor por la música, cantando
en el campo, en la casa, en el coro de la iglesia
y en los actos escolares supo que llevaba en su voz
un arma de lucha, una luz de alerta, una esperanza
de justicia para todos aquellos en que anida la impotencia.
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Así fue como ligada a un mundo artístico
solidario, su canto se convirtió en un canto
por la vida, por las causas sociales, por los obreros,
por los estudiantes y por acabar con la inequidad
social.
Radicada en Hermosillo, se inclinó por la docencia,
donde fue maestra primero en escuelas rurales y después
en Culiacán. Pero su hermana la convenció
de que el canto era lo de ella, y de que no debía
desperdiciar tan
prodigiosa
voz. Así fue como decidió trasladarse
a la ciudad de México en 1969. Ese mismo año
ganó el primer lugar en el concurso de aficionados
de la XEW. Poco después se inscribió
en la Escuela Nacional de Música de la UNAM.
Mientras tanto, Amparo seguía cantando, en
la universidad, en la Casa del Lago, en los bares,
en las cafeterías, y en las primeras peñas
de laépoca. En 1971 grabó su primer
LP, De la mano del viento con RCA, y en 1974 grabó
un disco en solidaridad al pueblo chileno después
del golpe de estado en el que fuera derrocado Salvador
Allende.
María Amparo Ochoa Castaños recorrió
el país, Latinoamérica, Estados Unidos,
Europa y el Caribe, llevando su mensaje con su canto
cautivador, convirtiéndose así en “La
voz de México”. Tuvo dos hijos, Isaac
y María Inés; esta última decidió,
como su madre, dedicarse al canto. |